Cuando una startup despega, todo sucede demasiado rápido. Se contrata, se factura, se invierte. Y casi siempre la parte contable queda para después. “Ya lo veremos cuando tengamos más volumen”, suele decirse. Pero ese “después” suele llegar tarde.

He visto muchas veces el mismo patrón: proyectos con potencial real, buena tracción y talento detrás, que empiezan a tropezar porque no tienen una base contable y financiera sólida. Lo que al principio parece una tarea administrativa termina convirtiéndose en el eje que define si la empresa crece con estabilidad… o no.


El punto de inflexión

Hace unos meses trabajé con una empresa joven del sector tecnológico. Había conseguido sus primeros contratos relevantes y estaba preparando una ronda de inversión. Hasta entonces, todo se llevaba con hojas de cálculo. Los fundadores sabían cuánto entraba y salía, pero no tenían una visión real del flujo de caja ni del margen operativo.

El problema no era la falta de esfuerzo, sino la falta de estructura. Las previsiones se hacían “a ojo”, los impuestos se presentaban con prisas y no existía un sistema de control por áreas de negocio. Nada grave… hasta que los inversores pidieron documentación financiera coherente y empezaron las dudas.


Cómo lo abordamos

El primer paso fue sencillo: poner orden. Redefinimos la contabilidad para que reflejara cómo funcionaba realmente la empresa, no solo para cumplir con la normativa. Clasificamos los gastos por proyectos y departamentos, implantamos un cierre mensual y automatizamos conciliaciones.

En paralelo, trabajamos un modelo de tesorería que mostrara la evolución de caja a tres, seis y doce meses. No era un ejercicio contable: era una herramienta de gestión. El equipo empezó a ver de forma muy clara cuándo podía asumir nuevos compromisos y cuándo necesitaba ajustar gastos o negociar cobros.

También creamos un cuadro de mando con indicadores simples pero útiles: margen bruto, EBITDA ajustado y previsión de impuestos. Nada de fórmulas complicadas, solo la información necesaria para decidir con tiempo y criterio.


El cambio real

En pocos meses, la empresa pasó de reaccionar a planificar. Las tensiones de liquidez desaparecieron, las declaraciones fiscales se presentaban sin errores y los socios entendían exactamente cómo evolucionaba el negocio.

Lo interesante es que el cambio no vino de incorporar más herramientas, sino de entender que la contabilidad puede —y debe— servir para tomar decisiones. Cuando los datos son fiables, el empresario gana tranquilidad. Y eso se nota: más control, más confianza y más capacidad para hablar con inversores sin improvisar.


Algunas conclusiones que se repiten

Acompañando startups he aprendido que los problemas financieros casi nunca se deben a falta de ingresos, sino a falta de estructura. Y que profesionalizar la contabilidad no tiene por qué ser caro ni lento, siempre que se enfoque bien.

  • Un sistema contable adaptado al negocio es una inversión, no un gasto.

  • La tesorería proyectada vale más que cualquier balance si se actualiza con rigor.

  • Los incentivos fiscales existen, pero solo sirven si se puede demostrar cada gasto con trazabilidad.

  • Los informes financieros deben entenderlos los socios, no solo el contable.

Son lecciones sencillas, pero determinantes. Una startup que conoce sus números no solo cumple, sino que gana tiempo para pensar y espacio para crecer.


La filosofía de trabajo

En Aranguren trabajamos con esa premisa: que la contabilidad sea una herramienta de dirección, no un trámite. Nuestro papel no es entregar balances, sino traducir la información financiera en decisiones.

Cuando un emprendedor entiende qué significan sus márgenes, cuánto puede invertir sin comprometer su liquidez y qué deducciones puede aprovechar, empieza a dirigir con seguridad. Y ahí es donde un asesor contable-financiero marca la diferencia.